Viajar y sobre todo vivir en otro país suena siempre como algo emocionante durante las 24 horas del día. Como si todos los días fuesen un campamento en la calle de la piruleta del país de Nunca Jamás, viviendo mil aventuras con los niños perdidos. Ampliando nuevos horizontes. Pero no.

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Foto: Rema1n5

Vivir fuera también tiene su parte dura y es de la que menos hablamos los que nos vamos, y la que más ignoran los que nos ven irnos. Probablemente porque siempre cuesta más comentar lo malo sabiendo que es lo último que los demás quieren oír. Te vas a un lugar nuevo y emocionante pero también supone que perderás todas tus referencias, hasta para las cosas más insignificantes. A veces incluso simplemente para decir “hola”, “sí” o “gracias”. Te desmontas por completo al perder la mayoría de tus recursos comunicativos y, poco a poco, vuelves a ir encajando tus piezas, despacito o menos despacito. En muchos casos, por ensayo y error.

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A veces, se pueden dar situaciones poco divertidas; y días en los que, simplemente, no haces nada especial. El espacio que antes era tan nuevo, ya es tu vida normal. VIVES ahí. Ya conoces los sitios básicos para las visitas y algún rinconcito que haces tuyo. Conoces las ofertas de cada súper, los bares; dónde comer y dónde no (ejemplo clásico de ensayo y error). Es un sentimiento que te reconforta, pero que a la vez enciende un poco la alerta roja en tu cabeza porque crees estar llegando al estado del que precisamente vienes huyendo: la rutina de una “vida normal”.

“Una canción, un libro, un amigo, un vídeo. Algo. Algo poderoso nos inspira. Algo que nos hace salir de ese trance de insatisfacciones”

Y es posible que te empieces a dejar llevar por ese acomodamiento de hacer “todos los días lo mismo” y empieces a darle vueltas a todo: a si debiste irte, a si de verdad estás bien aquí; y de ahí a plantearte todo: si Confucio inventó la confusión, si quizás Carlos Jesús tenía razón, o si no seremos todos en realidad una pluma mecida por el viento en un peliculón de los 90.

La mente humana está diseñada para tomar decisiones muy rápido, o anticiparse y prepararse para ellas. A veces también se queda atascada en decisiones que ya tomaste. En cualquier caso, el resultado es una pérdida de perspectiva de una sola cosa: tu propia felicidad. Y ese batiburrillo ruidoso nos pasa a todos, estemos donde estemos. Se nos “pierde el alma en un descuido”, como contaba Galeano.

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Pero a veces, algo que no sabemos muy bien de dónde nos viene, aparece y nos saca de nuestro ensimismamiento. Una canción, un libro, un amigo, un vídeo. Algo. Algo poderoso nos inspira. Algo que nos hace salir de ese trance de insatisfacciones que no son más que tonterías y excusas y nos hace ver que, simplemente, estamos aquí. Que al final, estés donde estés, lo único que siempre va a estar contigo eres tú mismo; y que, vivas dónde vivas, sólo vas a poder vivir un tiempo: el ahora. ¿Acaso eso ya no es suficiente?

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Foto: Thomas Frost Jensen

Mira hacia atrás y mira adonde has llegado. Ve a esa parte de la ciudad que aún no conoces, o disfruta de un buen libro en ese sitio con el café tan rico. Ve el atardecer desde un sitio nuevo. Sal. Siéntate en un banco distinto. Habla con alguien nuevo. Prueba eso en ese otro sitio. Tu vida es un viaje extraordinario y sólo está pasando ahora. No te olvides de vivirla.

the author

Lidia Chía más que viajar, prefiere vivir varios meses en los sitios, para empaparse de la realidad local y contarlo en Horas de Lux. Actualmente vive en la bahía de San Francisco y después irá como voluntaria a Nepal. Estudiando Publicidad en Madrid y París descubrió que para moverse por el mundo lo más práctico es saber un poco de todo. Cree que “quien busca, encuentra” y así pasó el último año realizando un servicio de voluntariado europeo en Luxemburgo. Centrada ahora en diseño gráfico, ha trabajado mucho con infancia y su etapa favorita fue ser monitora de patinaje.

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