Luís salió en enero de 2013 de su ciudad natal, en el sur de Portugal, con un objetivo y una sola regla: cumplir su sueño de niño de dar la vuelta al mundo sin aviones. Más de una vez sintió que sería imposible, pero 32 países y 3 años y medio después concluyó el proyecto con éxito.

Luis Miguel Portela, una vuelta al mundo sin aviones

El viaje, hecho en contra de la rotación del planeta, en solitario y sin transporte propio, tuvo como primer objetivo llegar a la India a tiempo de la boda de un amigo. Para ello atravesó Europa, Turquía, Irán y Pakistán. El cruce de la frontera de estos dos últimos países constituyó el primer reto de su recorrido. Llegó a tiempo a la fiesta y pasó el resto de 2013 recorriendo India y Nepal, donde hizo un trek de 25 días en solitario para llegar a la cima del mundo a ver el Everest. El cruce de la India hacia el Sudeste Asiático marcó el comienzo del segundo año de esta vuelta al mundo sin aviones. Hizo este primer gran trayecto náutico en ferry desde el sub-continente indio hasta las islas Andaman y de ahí hasta Tailandia, en velero.

El resto de 2014 lo pasó recorriendo el Sudeste Asiático, Timor Oriental e Indonesia, donde se sorprendió, se enamoró de la cultura y pudo entre otras cosas bucear en las aguas más diversamente pobladas del planeta en las islas de Flores y Raja Ampat. El tercer año de vuelta al mundo sin aviones lo pasó de isla en isla por el Pacífico Sur, viajando en ferry, en cargueros, en un barco de misioneros, con pescadores y trabajando en veleros. Recorrió la magnífica, cruda y casi prehistórica Papúa Nueva Guinea, las Islas Salomón, Vanuatu, Fiji y Tokelau, desde donde tuvo que regresar a Fiji después de un intento fallido de atravesar el Pacífico en velero. Siguió su viaje hasta Nueva Zelanda, donde tocó con los pies su antípoda terrestre a finales de 2015.

“Al regresar a casa después de 3 años y medios dormí la primera semana en el sofá, ya que no lograba conciliar el sueño en la cama. Era como si aún mi cuerpo estuviera en tránsito y el confort de mi habitación fuera demasiado”

El medio año siguiente marcó su regreso a casa. En enero de 2016 tomó un buque carguero desde Nueva Zelanda, cruzando el Océano Pacífico y el Canal de Panamá en 18 días hasta el puerto panameño de Colón. De ahí viajó unos meses por Centroamérica, volviendo en mayo a ese mismo puerto para tomar el barco crucero en el que hizo el tramo final de su viaje y en el que, 14 días después y habiendo cruzado el Atlántico, entró triunfalmente emocionado en el puerto de Lisboa. Ese mismo día de junio de 2016 recorrió los pocos kilómetros que le faltaban hasta el sur de Portugal, celebrando después el logro de su vuelta al mundo sin aviones mientras conocía, por fin, en vivo a la sobrina que nació durante su viaje.

mapa de la vuelta al mundo sin aviones de Luis Portela

Enamorado desde siempre de los viajes, la escritura y la fotografía, a finales de 2008 Luís decidió dejar la oficina y su carrera en marketing para dedicarse a sus pasiones. Desde entonces pasó la mayoría de su tiempo de viaje: recorrió Sudamérica en 2009, hizo un primer intento de vuelta al mundo en 2011-12, y volvió a la carretera en 2013 para completar su primera vuelta al mundo sin tomar aviones. Desde que volvió a Portugal, entre otras cosas, se dedica al marketing y a la fotografía.

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Nombre, apellidos: Luís Miguel Portela.

Profesión -conocida 😉 a qué dedicas el tiempo cuando no viajas: al Marketing, en que trabajé incluso mientras viajaba en régimen freelancer a distancia. Desde que volví de mi gran viaje estoy también dedicado a la fotografía.

Lugar de nacimiento: Loulé, en el Algarve, la región más al sur de Portugal.

Luis Portela, vuelta al mundo sin aviones

5 cosas que nunca faltan en tu mochila

Mi cámara fotográfica; algo para escribir (libreta o cuaderno y un bolígrafo); un libro (me gusta comprar romances de autores del lugar que visito, y al final termino trayendo o enviándolos a casa, donde los colecciono); ropa térmica liviana, para los momentos de bajas temperaturas (ya me salvó la vida un par de veces); un pantalón de baño, porque siempre en algún momento termino en la playa.

La salud y tu gran viaje. ¿Consideras importante llevar contigo un seguro de viaje? ¿Enfermaste en tu aventura o recuerdas alguna historia de otro viajero que enfermó de viaje?

Dependiendo del destino el seguro puede ser muy importante, por ejemplo, en destinos muy caros o en lugares donde los centros de salud públicos no son los mejores y es necesario ir a un hospital privado. Las actividades que uno hace también influyen, por ejemplo, si uno practica buceo es importantísimo tener un seguro que cubra una evacuación de emergencia y la utilización de cámaras de descompresión.

En mi viaje de vuelta al mundo sin aviones, que tardé 3,5 años en completar, me enfermé con alguna gravedad tres veces, dos de ellas con infecciones, en una pierna y en un dedo, y otra con malaria. Me costaron algún tiempo de viaje, pero ninguna tuvo tanta gravedad como para que no las pudiera tratar en el camino.

Luis Miguel Portela, una vuelta al mundo sin aviones

La vuelta a casa, puede que sea el momento más intenso y a la vez difícil de un gran viaje. ¿Qué flashes te vienen de esa época?

El momento de regreso a casa, en el caso de mi viaje, fue de lo más especial, ya que en el exacto momento que lo hice completé mi primera vuelta al mundo, un sueño grande de niño, y que además hice sin volar, lo que fue bastante difícil de conseguir en algunos momentos. Por todo esto, por todo lo que tuve que pasar, por estar sin ver a mi familia durante 3 años y medio, y por ser el momento en que por fin conocí en vivo la sobrina que nació mientras viajaba, fue un momento muy intenso y emocional.

“Las ganas de volver a los grandes viajes siguen muy fuertes, no creo que mueran nunca, y tengo muchas ideas de viaje que me podría llevar varios años en completar”

En realidad estuve volviendo a casa durante 14 días, ya que el último tramo de mi viaje lo hice en barco entre Panamá y Lisboa. Cada día que pasaba era todo un crescendo de emociones y recuerdos. El día anterior a la llegada, por ejemplo, me acuerdo de estar mirando el mar y simplemente empezar a llorar sin control, mientras pensaba en todo lo que viví y sentía que ya lo había logrado. Aunque el barco se hundiera ya difícilmente no terminaría mi viaje, y si me hundiera yo, también por lo menos lo haría en aguas de mi país. La noche antes de llegar no pude dormir siquiera con la excitación, porque ya se podía ver de lejos la claridad de Lisboa, y no me quería perder ni un instante de este momento de regreso, por eso me quedé en la proa del navío mirando las luces y esperando que llegáramos. Entrar en Portugal por el puerto de Lisboa fue de lo más hermoso, no solo porque era especial para mí, también porque el recorrido y el paisaje son muy bonitos, así que tuve un final de viaje perfecto.

Luis Miguel Portela, una vuelta al mundo sin aviones

Después de pasada la emoción del día de regreso y de sentir que había completado algo muy importante para mí, las semanas que siguieron fueron algo raras. Dormí la primera semana en el sofá, ya que no lo lograba en la cama. Era como si aún mi cuerpo estuviera en tránsito y el confort de mi habitación fuera demasiado. Muchas veces me desperté medio perdido sin saber dónde estaba, o cuestionándome el porqué de estar allí, porque el estar parado en el mismo lugar, aunque fuera confortable, me resultaba difícil y sentía la necesidad de seguir moviéndome. Al mismo tiempo, al lograr alcanzar ese gran objetivo de mis últimos años de vida y llenarme de alegría, me quedé también con una gran sensación de vacío, comparable por ejemplo a lo que se siente cuando terminamos una relación de muchos años con alguien y de repente no está. Con el tiempo me habitué a la nueva realidad y estar de regreso se volvió cada vez más fácil.

¿Ha cambiado tu forma de pensar sobre la sociedad/el mundo en que vivimos?

Creo que si no hubiera cambiado por lo menos un poco, viajar tanto hubiera sido un desperdicio de tiempo. Aunque no pueda decir que hice mi viaje específicamente con el propósito de contestar a alguna cuestión primordial de mi existencia, la realidad es que creo que, por lo menos la gran mayoría de los que salimos de viaje por tanto tiempo, intentamos cuestionar nuestra manera de vivir y de pensar, salir del confort de los días normales, llevarnos al límite y/o a conocer cosas y realidades distintas de las nuestras, ni que sea para comprender mejor la realidad de los lugares en que vivimos. Cuando no es así se desperdicia una oportunidad de aprender y mejorar quienes somos con las personas y experiencias que encontramos en el camino.

“Viajar es en gran parte aprender a ser cómo el agua, fluir por el camino, adaptarse a lo que la vida te ofrece y ser parte de tu entorno”

Los cambios en mi manera de ver el mundo fueron muchos, ya que tuve contacto con realidades muy diferentes y culturas muy distintas, con gente que vive vidas muy diferentes de la nuestra. Todo eso me dio la certeza de que no existe una manera correcta de vivir, que el mundo occidental, supuestamente más avanzado, no lo es en muchos aspectos, y que todos podríamos aprender mucho con el intercambio de experiencias.

En Occidente podríamos aprender a bajar el ritmo, aprovechar más lo bueno que nos da la vida cada día (algo que de cierta forma ya hacemos en la península y en general en el sur de Europa). Estamos siempre en una especie de carrera loca en la búsqueda siempre de más, de lo que no tenemos, cuando en realidad, y por muy pobres que seamos, aquí estamos entre ese 20% ó 30% de los más ricos del planeta. No digo que tener ambición y querer expandirse no sea algo bueno, pero quizás necesitamos hacerlo más en conocimiento y menos solo por dinero a cualquier precio.

Vivimos en una sociedad que en buena parte es demasiado materialista y superficial. Por ejemplo, las primeras veces que fui al supermercado a mi vuelta, me sentía agobiado con lo tanto que gastamos, con el desperdicio, y con el valor tan grande que damos a tantas cosas que no merecen la pena. Mientras, en otras partes del mundo, la gente no tiene mucho y vive más feliz. Eso hace que me cuestione el modo de vida occidental al ver como gente que tiene vidas más sencillas y/o más “pobres” termina siendo más feliz que nosotros que vivimos en la ilusión de que tener más te hace más feliz. Por supuesto hay cosas buenas en la vida que tenemos aquí, pero también las hay en otras partes del planeta, y deberíamos aprender de ello. Hace no tanto que aquí éramos más “humanos” y vivíamos menos en la dictadura de los números y el dinero.

“Para hacer un gran viaje se necesita curiosidad, sed de conocimiento, y una mente muy abierta. El dinero nos hace perezosos. La necesidad de usar la imaginación y la curiosidad hace que los viajes sean más intensos y valorables”

Al viajar sin volar, dependí también en muchos casos de la ayuda de extraños, que tantas veces sin nada que ganar o sin pedir nada a cambio hicieron de todo para ayudarme, acomodarme, asegurarse de que nada malo me pasara, de que lograra seguir mi camino de acuerdo con mis sueños y planes, y tratándome como si fuera uno más de su familia. No hay como conocer a que gente tan pura y humana. Muchas veces pensamos que los habitantes del mundo “en desarrollo” son peligrosos, y al final muchas veces son mejores que nosotros, más puros por dentro. Cuando me ayudaron muchas veces pensé: “Y este, ¿qué quiere a cambio?, ¿cuál es su propósito?” Simplemente trataban de hacerlo porque sí, lo que me hizo entender lo equivocada que está la cultura dominante en el mundo occidental, ya que por defecto siempre pensamos que quienes se acercan a nosotros lo hace para aprovecharse de nosotros. Con esto no quiero decir que todo el mundo es bueno en todas partes menos en Occidente. Si aprendiéramos a saber acoger a los que vienen de afuera, sin tantos miedos, como la gente lo hace naturalmente en muchas partes del mundo, podríamos reducir los efectos de la crisis de inmigración que vivimos.

Luis Portela, una vuelta al mundo sin aviones, retratando un faro junto al mar

En este viaje aprendí a confiar más en los demás, en el desconocido, y en lo importante que es dejar que la vida fluya. En nuestro mundo existe una tendencia a tener que controlarlo todo, lo que nos coloca una presión enorme en cada paso que damos. Si dejamos que la vida fluya todo pasa mejor.

¿El momento físico o mental más extremo/peligroso/extraño/intenso/paranormal que hayas vivido en tu gran viaje?

En un viaje tan largo y a veces tan extremo pasé por varias situaciones que nunca había vivido, unas más surrealistas que otras. Uno de los momentos que más me marcó fue el cruce de frontera entre Papua Nueva Guinea y las islas Salomón, cuando tuve que quedarme un par de semanas en una misión católica en la isla de Nila, parte de las islas Shortland, esperando un barco para poder seguir viaje.

Cuando llegué allí hacía algunas semanas que varias tormentas en la zona hacían imposible la navegación del barco de suministros, que a la vez sirve de transporte de pasajeros. Eso hizo que empezara a faltar comida en la isla, incluso de la huerta, por lo que me encontré, recién llegado, con la poca comida con la que viajaba en la mochila. Por primera vez en mi vida pasé hambre, tuve que aprender a racionar la poca comida que tenía para que me durara hasta que viniera el barco, algo que no sabía cuando iba a pasar. Viví así, por circunstancias del viaje, pero que es la realidad de un gran porcentaje de gente en el planeta.

No es fácil pasar los días con hambre, comiendo un par de galletas en la mañana, una mano de arroz con media lata de atún en el almuerzo, sin fuerzas e intentando no pensar en comida. Al final uno se habitúa a todo. Estas islas son un paraíso tropical, así que aproveché el tiempo para descubrir y conocerlas. El barco llegó pasadas 2 semanas, el hambre pasó, y pude seguir mi camino. Los vecinos de Nila, aunque también estaban pasando las mismas dificultades, trataron de ayudarme y compartir lo poco que tenían conmigo.

Señora de Papua Nueva Guinea en la vuelta al mundo sin aviones de Luis Portela

“En un gran viaje más que dinero hace falta usar la imaginación”. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación?

Definitivamente sí. Por un lado por la cuestión económica en sí misma. Siempre que hablo con alguien de mi viaje aparece la pregunta de cuánto dinero tenía para viajar, y mi respuesta va siempre en el mismo sentido: más que tener mucho dinero, lo importante para mantenerse viajando tanto tiempo fue encontrar cómo viajar de forma económica. Para eso en algunos momentos hubo que hacer sacrificios, y en otros usar la imaginación para hacer posible lo imposible. Muchos viajeros viajan sin o con muy poca plata, y aún así lo hacen, así que con imaginación todo se puede. Una vuelta al mundo sin aviones hoy en día, y sin tener barco propio, implica una dosis enorme de imaginación, flexibilidad y paciencia, para encontrar la manera de seguir camino, sin imaginación no lo habría logrado.

Además de la imaginación, le sumaría la curiosidad. Para hacer un gran viaje se necesita curiosidad, sed de conocimiento, y una mente muy abierta, solo así se puede aprovecharlo. El dinero nos hace perezosos, la necesidad de usar la imaginación y la curiosidad hace que los viajes sean más intensos y valorables.

¿Algunos momentos que recuerdes de felicidad extrema? Esos puntos álgidos de alegría en los que uno se dice a sí mismo: “por momentos así merece la pena seguir en el camino y no volver a la oficina”

Aparte del regreso a Portugal, que marcó el fin de la vuelta al mundo sin aviones, hubo muchos momentos de alegría enorme, muchos de ellos conectados con la superación de las dificultades del camino: el momento en que crucé la frontera entre Irán y Pakistán, entero y sin problemas; otro en que después de muchos días caminando arriba y abajo montañas, y muchas veces bajo la lluvia, logré por fin ver el Everest, en uno de los días más lindos de mi vida; el momento en que encontré la manera de cruzar desde las islas Andamán hasta Tailandia, y de esa forma continuar mi vuelta al mundo sin aviones, lo que en ese momento parecía casi imposible. O todos esos instantes en el Pacífico en los que encontré la manera de cruzar de un país al otro, y por fin hasta las Americas y Portugal, porque logré hacerlo tal y como me propuse a pesar de todos los “imposibles” del camino.

Pero aparte de esos momentos en los que pude superar las dificultades del camino, hubo muchos otros en los que pude sentir la suerte que uno tiene de poder vivir la vida como viajero: me bañé en playas paradisiacas; momentos surrealistas de ese mundo aparte que uno encuentra en el fondo del mar, el cruce a Papua Nueva Guinea o Vanuatu donde pude vivir sus ritos ancestrales que uno normalmente solo suele ver en la tele; esos pequeños momentos en que, solo en el cockpit de los veleros en que fui tripulante, sentí que me ganaba el derecho de cruzar cada milla de océano, y con ello me hice yo también parte del mar, reviviendo la historia de mis ancestros portugueses.

Niñas de Timor Este fotografiadas por Luis Portela en su vuelta al mundo sin aviones

Tres personas anónimas que te hayan marcado en el camino y por qué.

La primera es una niña de Teherán, que debería tener unos 6/7 años. Yo acababa de llegar en medio de la noche a la ciudad, y mientras iba de camino al hotel el metro cerró, dejándome a mitad de mi camino, medio perdido, de noche, en una calle oscura de una ciudad desconocida, con todo mi equipaje y, confieso, algo asustado. Mientras buscaba la forma de orientarme y llegar al hotel –los taxis no paraban por alguna razón que aún desconozco– les pedí ayuda a varias personas, pero los únicos que me ayudaron fueron unos niños que pasaban y hablaban algo de inglés. Llamaron a su familia para preguntar por la dirección, me ayudaron a encontrar un taxi, y justo antes de entrar la más pequeña que tendría unos cuatro años me mira, me agarra la mano, y me regala una de las 3 golosinas que tenía. Me rompió el corazón de tanta dulzura, algo que inmediatamente me hizo sentir en casa. ¿Increíbles los niños verdad?

Otra persona que marcó mi camino fue un pasajero con el que compartí un viaje en tren en Pakistán, que conectaba Queta y Lahore. Oriundo de las zonas tribales, él era a todos efectos un típico Talibán barbón, de esos que uno ve en las películas, y que me miraba con mucha desconfianza desde que entré. Por suerte otro pakistaní que viajaba con nosotros hablaba inglés, tratamos de conocernos, y al final él sirvió también de puente para que nos pudiéramos comunicar todos. El viaje fue largo, y la charla también. Hablamos un poco de todo, incluso de temas complicados como los talibanes y la guerra con Occidente. No estuvimos de acuerdo en todo, ni teníamos que estarlo, pero tratamos de escuchar y entender el punto de vista de los otros y respetarlo. Al final, pasadas unas horas, mientras el barbón hablaba por teléfono, el viajero que hablaba inglés me dijo con una sonrisa: “Mira, habla con su mujer, y le está diciendo “sabes qué, al final los occidentales no son tan mala gente” ¿Pues saben qué? Tampoco son mala gente todos los barbones de Pakistán. Pero hay, de un lado y otro, quienes quieren que pensemos que sí, y hay que luchar contra eso, lo que se puede hacer simplemente hablando un poco.

Hay muchos más, pero quiero destacar aquellos que en diferentes lugares de las islas del Pacífico Sur me ayudaron a encontrar transporte, me alojaron en sus casas, abriendo sus portas a un desconocido, tratándome como familia. En algunos casos, como en Nila, regalándome parte de su comida para que tuviera algo que comer. Tenemos mucho que aprender en el mundo occidental sobre cómo saber recibir a los que vienen de afuera.

Tu cita viajera preferida y/o libro que recomendarías a tu yo anterior al viaje.

Creo que lo que más resuena aún en mi vida fue lo que siempre me decía el capital Jacob, el del velero en que estuve más tiempo como tripulante: “Be water – sé cómo el agua”. Me lo decía en el comienzo de mi tiempo abordo para que me habituara al movimiento del velero, pero en realidad se aplica a todo. Sé cómo el agua, fluye por el camino, adáptate a lo que la vida te envía, sé parte de tu entorno. En cuanto a libros, posiblemente el que leo ahora, “El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte”, de Sogyal Rimpoche. Más que un libro religioso, es un libro que te enseña la filosofía budista acerca de la no permanencia de todo, para ayudarte a comprenderla y aceptarla como parte del mundo y de la vida. Posiblemente de haberlo leído antes hubiera aprendido antes que viajar es en gran parte aprender a fluir por el camino, como en una gran metáfora de lo que es la vida.

¿Habrá otro gran viaje? ¿Ser nómada/viajero/nómada digital está sobrevalorado?

Extrañamente desde que volví estuve más que todo en el mismo lugar, con pocas salidas de Portugal, en parte porque volví a estudiar para profundizar mis conocimientos de fotografía, y también para poder recompensar a mi familia por el tiempo que pasé lejos. Pero las ganas de volver a los grandes viajes siguen muy fuertes, no creo que mueran nunca, y tengo muchas ideas de viaje que me podría llevar varios años en completar.

En cuanto al nomadismo viajero, no creo que esté sobrevalorado pero sí que está en su comienzo. Yo sin saber que existía el término soy una especie de nómada digital desde el 2009. En muchas áreas el camino natural del futuro será el trabajo a distancia, lo que por definición permitirá a más gente hacerlo de donde les apetezca. Creo que habrá en un futuro no muy distante oportunidades para que la gente viva en más de un lugar, o que a lo largo de su vida experimente lugares distintos sin tener una casa física y fija. No seremos todos, ni lo haremos todos todo el tiempo, pero estoy seguro de que más gente tratará de experimentar y vivir así. Se está poniendo cada vez más fácil hacerlo, y la curiosidad de conocer otros lugares también está aumentando. Y qué lindo que sea así, si eso pasa seguramente el mundo del futuro será un lugar mejor y más rico de cultura y conocimiento, en el que la gente tratará de conocer más y desconfiar menos.